Un día se despertó con la sensación de que el mundo había cambiado, sin más ni menos. Tomó el mate cocido de siempre y apartó de su mente la idea de todas las mañanas porque... algo había cambiado.
Se aferró a su trench marrón oscuro y partió en busca de naturaleza. La alexitimia por la que todo su mundo lo había abandonado, hoy no la encontraba: "Qué contento me siento".
Mientras caminaba buscando, hallaba nuevas formas de vivir en paz con su alma dejando atrás el self-injure que tanto lo juzgó. Era tarde de principios de otoño y le enloquecía, si puede no ser considerada una redundancia, ver
cómo abajo el mundo se teñía de marrones anaranjados siendo, el de arriba, del mismo celeste que siempre.
Jesús sabía que no faltaba mucho y fue ese, tal vez, uno de los motivos fundamentales por los que se levantó esa mañana.
Sus compañeros más conectados con la realidad lo miraban, asombrados. Los responsables comentaban entre ellos, satisfechos. Y Jesús, radiante, continuaba recorriendo kilómetros de ese parque que sus pantuflas tanto añoraban.
Era de los viejitos que podían pasar larguísimas tardes imaginando la inmensidad del mundo, escudriñando cualquier mínimo atisbo de naturaleza, esperando un milagro.
La intensidad de maquiavelismo en sus pensamientos rozaba el punto muerto y ya no miraba al frente para proyectar un futuro, sino que lo hacía para ver cómo todo se desintegraba, con calma. Ahora era consciente de su falta de
conciencia, lo que lo volvía un desubicado en su lugar.
Creyó ver inmensas bifurcaciones y gente que llegaba por ellas dirigiéndose hacia él, conservó la calma, sonrió con cinismo, y se dijo a sí mismo <<estás soñando>>, decir <<estás loco>> hubiese sido una inútil redundancia.
El minimalismo reinaba su vida, ya no tenía tiempo a concentrarse en lo superfluo; por lo que ese día, mientras tomaba su mate cocido, entendió que por sobre él existía toda una Institución de gente que, victoriosamente, evitaría
que cumpla su meta más próxima. Jesús se sintió beatífico, notó cómo todo finalmente terminaría y quiso sentarse a esperar. <<Mi mejor jugada es la peor>> susurró, y miró al sol para que su última imagen no sea, otra vez,
la de unos cuantos internos corriendo como locos por un imaginario parque otoñal.
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