Hubo una vez una chica que un día. con calma, le dijo:
Te odio por haberme creado un estereotipo de hombre que no podrán superar jamás. No me podré volverme a enamorar, realmente. Y ni se te ocurra corregirme. No puedo estar entrando otra vez en crisis por lo mismo. Tantas cosas me enseñaste, tanto queda de vos en mí que ahora te detesto. Te detesto con cuerpo y alma. Nunca podrás entender lo que se siente encontrarte cantando una canción que era su favorita, bla, que era tu favorita. Estar plagada de recuerdos tuyos; porque te gustaba el olor que dejaban los libros nuevos y porque la quincuagésima estrofa de Chasing Cars de Snow Patrol era tu preferida. Encontrarme cantando Cómo te voy a olvidar de Los Ángeles Azules porque un día dijiste que en el cumpleaños de Osvaldo tu viejo se pegó alto palo, después de bajarse medio litro de fernet puro él solo, mientras cantaba esa maldita canción. (aumentando la velocidad y el énfasis en cada palabra) Estar sentada en nuestra plaza sintiendo el aire que nosotros dos respiramos, viendo cómo la, también detestable, masa de gente camina y camina sin notar si quiera mi presencia. (disminuyendo por completo e inhalando) Vos tampoco la notás...
Él le pidió, susurrando, que no llorara. Ella no pudo contenerlo ya.
Mi forma de hablar, ¿entendés? mi forma de hablar es la tuya, ¿podés entenderlo? ¿podés? Mi forma de contestar, mi forma de pensar. Tuve leves principios de enfermedades nutricionales sólo por el hecho de saber que vos las habías tenido: necesitaba sentir lo que vos sentías...
Él abrió los ojos lo más que pudo. Su cara se plasmó de asombro, ella comenzó a notar que estaba logrando lo que quería.
Mirá... Francisco, cuando yo decía que moría por vos, no creía estar haciéndolo tan literalmente. Hice cosas que jamás hubiese hecho en otro momento de mi vida. Juro por el hijo que no tuvimos, que pisé extremos impensados. Y vos jamás lo notaste. No son reproches, sí que no lo son. Pero vaya que sufrí. ¿Me escuchaste? ¿Acabás de escuchar cómo redacté las últimas dos frases? Si no soy un fiel reflejo tuyo, vaya el diablo a saber qué soy. No caeré en el me queda poco tiempo porque tan vulgarizado está que ni siquiera vos serías capaz de prestarle la atención y seriedad que amerita. Quiero decirte tantas cosas que no sé por dónde empezar, y no tengo idea cuál es el principio... Todo se fue dando tan, pero tan rápido que perdí el hilo hace rato. Sí, perdí el y mí hilo. Tuvimos un hijo, Francisco.
Para este momento, los ojos de él se notaban ya fuera de su órbita y, mediante un casi imperceptible gesto que, indiscutiblemente, sólo ella podría saber interpretar, le rogó que continuara.
Cuando pasó lo que hizo que hoy yo esté acá, me enteré que estaba embarazada. ¿Qué iba a hacer? ¿Ir corriendo a divulgarlo? Lo amé, lo amé sola. Lo cuidé, sola. Lo maté, también sola. A esta altura, mi obsesión por vos no me permitía distinguir nada de nada. Las cosas no eran ni siquiera blancas y negras: eran cosas. Si es que lo eran... no, no lo sé, aun no lo sé. Me consumís, ¿lo sabés? Me consumiste y aun hoy lo seguís haciendo. Porque no puedo permitirme mirar otros hombres, porque no puedo permitirme no mirarte. Tu respiración, tu forma de caminar, tu mirada, tu sonrisa, la forma en que sonás, la forma en que soñás, la forma en que dormís, en la que despertás. Las mañanas hermosas que me regalaste tus primeras palabras del día, días que, ahora comprendo, no supe aprovechar, pero no quiero distenderme. Vine acá, después de varios días, y noches, de planear y re-planear nuestro encuentro "casual", para decirte que... que te odio. Para decirte que me arruinaste la vida, para decirte que si volvés sería feliz. Para contarte que todavía te amo, que por siempre lo haré. Para que mi recuerdo no se borre de tu cabeza y para poder borrar el tuyo de la mía. Vine para decirte que no me importa si te morís, que me gustaría que te mueras. Que te vas a morir. Porque en el cielo somos todos iguales. Ante la mirada de Dios, somos todos iguales. Te vas a morir, Francisco. Ahora te vas a morir. Vas a pagar cada lágrima que desperdicié por vos, vas a pagar por cada vez que corrompiste mi cuerpo y por cada vez que yo misma me lo estropeé buscando sentirte cerca. Te vas a morir, boludo, porque te odio. Te juro que te amo, y que odio amarte, amo odiarteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee. Sos mierda en mi vida Francisco, sos mierda pura en mi vida, hijo de re mil puta. Sos un sorete, mi amor. Lo sos, no digas que no. No me mires así, mirame bien, mirame como antes. Morite Francisco, ¡morite! no te aguanto más, no me aguanto más, no aguanto más. Morite.
Él de a poquito caía al suelo, bajándo sus párpados que hacía segundos la miraban con espanto y desconcierto.